1.04. Tema

Con justicia podríamos llamar al libro de Daniel un manual de historia y de profecía.

La profecía es una visión anticipada de la historia; la historia es un repaso retrospectivo de la profecía. El elemento predictivo permite que el pueblo de Dios vea las cosas transitorias a la luz de la eternidad, lo pone alerta para actuar con eficacia en determinados momentos, facilita la preparación personal para la crisis final y, al cumplirse la predicción, proporciona una base firme para la fe.

Las cuatro principales profecías del libro de Daniel hacen resaltar en un breve bosquejo, y teniendo como marco de fondo la historia universal, el devenir del pueblo de Dios desde los días de Daniel hasta el fin del tiempo.

Cada una de las cuatro grandes profecías alcanza un pináculo cuando "el Dios del cielo" levanta "un reino que no será destruido" (cap. 2: 44), cuando el "hijo de hombre" recibe "dominio eterno" (cap. 7:13-14), cuando la oposición al "Príncipe de los príncipes" será quebrantada "no por mano humana" (cap. 8: 25) y cuando el pueblo de Dios será librado para siempre de sus opresores (cap. 12: 1).

Por lo tanto, las profecías constituyen un puente divinamente construido desde el abismo del tiempo hasta las riberas sin límites de la eternidad, un puente sobre el cual aquellos que, como Daniel proponen en su corazón amar y servir a Dios, por la fe podrán pasar desde la incertidumbre y la aflicción de la vida presente a la paz y la seguridad de la vida eterna.

La sección histórica del libro de Daniel revela, en forma sorprendente, la verdadera filosofía de la historia*. Esta sección sirve de prefacio a la sección profética. Al darnos un relato detallado del trato de Dios con Babilonia, el libro nos capacita para comprender el significado del surgimiento y de la caída de otras naciones cuyas historias están bosquejadas en la porción profético del libro.

Sin una clara comprensión de la filosofía de la historia*, tal como se la revela en la narración del papel que le cupo a Babilonia en el plan divino, la actuación de las otras naciones que siguieron a Babilonia en el telón de la visión profética no puede comprenderse o apreciarse completamente.

En la sección histórica del libro encontramos a Daniel, el hombre de Dios de esa hora, cara a cara ante Nabucodonosor, el genio del mundo pagano, para que el rey tuviera la oportunidad de conocer al Dios de Daniel, árbitro de la historia, y cooperara con él.

Nabucodonosor no sólo era el monarca de la nación más grande de ese tiempo sino que era también muy sabio y tenía un sentido innato del derecho y de la justicia. En verdad, era la personalidad más sobresaliente del mundo gentil, el "poderoso de las naciones" (Ezequiel 31:11), que había sido elevado al poder para desempeñar un papel específico en el plan divino. De él Dios dijo: "Ahora yo he puesto todas estas tierras en mano de Nabucodonosor rey de Babilonia, mi siervo" (Jeremías 27: 6).

Al ir los judíos al cautiverio en Babilonia era deseable que estuvieran bajo una mano firme, pero que no fuese cruel, como eran las normas de aquel tiempo. La misión de Daniel en la corte de Nabucodonosor fue la de conseguir la sumisión de la voluntad del rey a la voluntad de Dios para que se realizaran los propósitos divinos. En uno de los momentos dramáticos de la historia, Dios hizo que estas dos grandes personalidades estuviesen juntas.

Los primeros cuatro capítulos de Daniel describen los medios por los cuales Dios consiguió la obediencia de Nabucodonosor. En primer lugar, Dios necesitaba de un hombre que fuese un digno representante de los principios celestiales y del plan de acción divino en la corte de Nabucodonosor; por eso escogió a Daniel para que fuese su embajador personal ante Nabucodonosor. Los recursos que empleó Dios para atraer favorablemente la atención del monarca hacia el cautivo Daniel, y los medios por los cuales Nabucodonosor llegó a confiar primero en Daniel y luego en el Dios de Daniel, ilustran la manera en que el Altísimo usa a los hombres hoy para cumplir su voluntad en la tierra. Dios pudo usar a Daniel porque éste era un hombre de principios, un hombre que tenía un carácter genuino, un hombre cuyo principal propósito en la vida era vivir para Dios.

Daniel "propuso en su corazón" (cap. 1: 8) vivir en armonía con toda la voluntad revelada de Dios. Primero, Dios lo puso "en gracia y en buena voluntad" con los funcionarios de Babilonia (vers. 9). Esto preparó el camino para un segundo paso, la demostración de la superioridad física de Daniel y de sus compañeros (vers. 12-15). Después siguió una demostración de superioridad intelectual. "Dios les dio conocimiento e inteligencia en todas las letras y ciencias" (vers. 17), con el resultado de que se los consideró "diez veces mejores" que a sus competidores más cercanos (vers. 20). De esa manera, tanto en su personalidad como en el aspecto físico e intelectual Daniel demostró ser muy superior a sus compañeros; y fue así como ganó la confianza y el respeto de Nabucodonosor.

Estos acontecimientos prepararon al monarca para que conociera al Dios de Daniel. Una serie de sucesos dramáticos: el sueño del cap. 2, la maravillosa liberación del horno ardiente (cap. 3) y el sueño del cap. 4 le mostraron al rey la sabiduría, el poder y la autoridad del Dios de Daniel. La inferioridad de la sabiduría humana, exhibida en la vicisitud del cap. 2, hizo que Nabucodonosor admitiera ante Daniel: "Ciertamente el Dios vuestro es Dios de dioses, y Señor de los reyes, y el que revela los misterios" (cap. 2: 47). Reconoció espontáneamente que la sabiduría divina era superior, no sólo a la sabiduría humana, sino aun a la supuesta sabiduría de sus propios dioses.

El suceso de la imagen de oro y del horno de fuego ardiente hizo que Nabucodonosor admitiera que el Dios de los cielos "libró a sus siervos" (cap. 3: 28). Su conclusión fue que nadie en todo su reino debería decir "blasfemia contra el Dios" de los hebreos, en vista de que "no hay dios que pueda librar como éste"(vers. 29). Entonces Nabucodonosor reconoció que el Dios del cielo no era sólo sabio sino poderoso, que no sólo era omnisciente sino omnipotente. El tercer suceso, los siete años durante los cuales su decantada sabiduría y poder le fueron transitoriamente quitados, enseñaron al rey no sólo que "el Altísimo" es sabio y poderoso sino que ejerce esa sabiduría y poder para regir los asuntos humanos (cap. 4: 32). Tiene sabiduría, poder y autoridad. Es notable que el primer acto de Nabucodonosor después de que recuperara la razón fue alabar, engrandecer y glorificar al "Rey del cielo" y reconocer que Dios "puede humillar" a "los que andan con soberbia" (vers. 37), como lo había hecho él durante tantos años.

Pero las lecciones que Nabucodonosor aprendió personalmente durante un período de muchos años no beneficiaron a sus sucesores en el trono de Babilonia. El último rey de Babilonia, Belsasar, desafió abiertamente al Dios del cielo (cap.5: 23) a pesar de que conocía lo que le había sucedido a Nabucodonosor (vers.22). En lugar de obrar en armonía con el plan divino, Babilonia se convirtió en orgullosa y cruel opresora y al rechazar los principios celestiales forjó su propia ruina. La nación fue pesada y fue hallada falta (cap. 5: 25-28), y el dominio mundial pasó a los persas.

Al librar a Daniel del foso de los leones, Dios demostró su poder y autoridad ante los gobernantes del Imperio Persa (cap. 6: 20-23) como lo había hecho anteriormente ante los de Babilonia. Un edicto de Darío de Media reconocía al "Dios viviente" y admitía que él "permanece por todos los siglos"(vers. 26). Aun "la ley de Media y de Persia, la cual no puede ser abrogada" (vers. 8) debió ceder ante los decretos del "Altísimo" que "tiene el dominio en el reino de los hombres" (cap. 4: 32). Ciro fue favorablemente impresionado por la milagrosa prueba del poder divino exhibida en la liberación de Daniel del foso de los leones. Las profecías que bosquejaban su papel en la restauración de Jerusalén y del templo (Isaías 44: 26 a 45: 13) también lo impresionaron grandemente. Su corazón quedó profundamente conmovido y resolvió cumplir la misión que Dios le había asignado.

Así es como el libro de Daniel expone los principios de acuerdo con los cuales operan la sabiduría, el poder y la autoridad de Dios a través de la historia de las naciones, para el cumplimiento final del propósito divino. Dios ensalzó a Babilonia para que pudiese cumplir su propósito. Ella tuvo su período de prueba, fracasó, su gloria se marchitó, perdió su poder, y su lugar fue ocupado por otra nación.

Las cuatro visiones del libro de Daniel tratan de la lucha entre las fuerzas del bien y del mal en esta tierra, desde el tiempo de Daniel hasta el establecimiento del eterno reino de Cristo. Puesto que Satanás usa los poderes terrenales en sus esfuerzos para frustrar el plan de Dios y destruir su pueblo, estas visiones presentan aquellos poderes a través de los cuales el maligno ha actuado con mucho empeño.

La primera visión (cap. 2) trata principalmente de cambios políticos. Su propósito primordial era revelar a Nabucodonosor su papel como rey de Babilonia y hacerle saber "lo que había de ser en lo porvenir" (vers. 29).

Como si fuera un suplemento de la primera visión, la segunda (cap. 7) destaca las vicisitudes del pueblo de Dios durante la hegemonía de los poderes mencionados en la primera visión, y predice la victoria final de los santos y el juicio de Dios sobre sus enemigos (vers. 14, 18, 26-27).

La tercera visión (cap. 8-9) complementa a la segunda y hace resaltar los esfuerzos de Satanás por destruir la religión y el pueblo de Cristo.

La cuarta visión (cap. 10-12) resume las visiones precedentes y trata el tema en forma más detallada que cualquiera de las otras. Amplía el tema de la segunda visión y el de la tercera. Pone especial énfasis en "lo que ha de venir a tu pueblo en los postreros días; porque la visión es para esos días"(cap. 10: 14), y el "tiempo fijado era largo" (vers. 1, RVA). La narración bosquejada de la historia que se encuentra en el cap. 11: 2-39 lleva a "los postreros días" (cap. 10: 14) y los acontecimientos "al cabo del tiempo" (cap.11: 40).

Las profecías de Daniel están estrechamente relacionadas con las del libro del Apocalipsis. En gran medida el Apocalipsis trata del mismo tema, pero hace resaltar en forma especial el papel de la iglesia cristiana como pueblo escogido de Dios. En consecuencia, algunos detalles que pueden parecer oscuros en el libro de Daniel con frecuencia pueden aclararse al compararlos con el libro del Apocalipsis. Daniel recibió instrucciones de cerrar y sellar aquella parte de su profecía referente a los últimos días hasta que, mediante un estudio diligente del libro, aumentase el conocimiento de su contenido y de su importancia (cap. 12: 4). Aunque la porción de la profecía de Daniel relacionada con los últimos días fue sellada (cap. 12: 4), Juan recibió instrucciones específicas de no sellar "las palabras de la profecía" de su libro, "porque el tiempo está cerca" (Apoc. 22: 10). De modo que para obtener una interpretación más clara de cualquier porción del libro de Daniel que sea difícil de entender, debiéramos estudiar cuidadosamente el libro del Apocalipsis en busca de luz para disipar las tinieblas.

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* UN RESUMEN DA LA FILOSOFÍA DIVINA DE LA HISTORIA PODRÍA SER EL SIGUIENTE: En los asuntos de las naciones Dios está siempre ejecutando silenciosa y pacientemente los consejos de su propia voluntad. Algunas veces, como en ocasión del llamamiento de Abrahán, ordena una serie de acontecimientos destinados a demostrar la sabiduría de sus caminos. Otras veces, como en el caso del mundo antediluviano, permite que el mal siga su curso y dé así un ejemplo de la locura que significa oponerse a los principios correctos. Pero finalmente, como en la liberación de los hebreos de Egipto, interviene para que las fuerzas del mal no venzan a los instrumentos que él ha dispuesto para la salvación del mundo. Ya sea que Dios ordene, permita, o intervenga, el complicado juego de los acontecimientos humanos se halla bajo el control divino y un propósito divino predominante ha estado obrando manifiestamente através de los siglos. (ver Rom. 13: 1).

Dios ha asignado un lugar en su gran plan a toda nación y a cada una ha dado la oportunidad de ocupar su lugar en la tierra a fin de ver si éstas cumplirán el propósito del "Vigilante y Santo". Según los designios divinos, la función del gobierno es la de proteger y sostener a la nación, dar a su pueblo la oportunidad de alcanzar el propósito que el Creador tiene para él y permitir que las otras naciones hagan lo mismo, a fin de que todos los hombres "busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle" (Hechos 17: 27).

Una nación es fuerte en proporción con la fidelidad con que cumple el propósito de Dios para ella; su éxito depende del uso que hace del poder que se le encomienda; su cumplimiento de los principios divinos es siempre la medida de su prosperidad; y su destino está determinado por la actitud que sus dirigentesy pueblo tienen hacia esos principios. Dios imparte sabiduría y poder que mantendrán fuertes a las naciones que le permanezcan fieles, pero abandona a las que atribuyen su gloria a las realizaciones humanas y actúan independientemente de él.

Los hombres que rehusan someterse al gobierno de Dios son enteramente ineptos para gobernarse a sí mismos. Cuando en vez de proteger a los hombres, una nación se vuelve cruel y orgullosa opresora, su caída es inevitable. Cuando las naciones, una tras otra, rechazan los principios de Dios, su gloria se desvanece, su poder desaparece y su lugar es ocupado por otras . Todos deciden su destino por propia elección y al rechazar los principios de Dios, provocan su propia reina. El complicado desarrollo de los sucesos humanos está bajo el gobierno divino. En medio de la lucha y el tumulto de las naciones, Aquel que se sienta por encima de los querubines dirige aún los asuntos terrenales y dirige todo para la ejecución de sus propósitos.